Lección de vida a 4,30

Panamá para el venezolano del siglo XXI, es la meca del consumo donde muchos ven realizar sus sueños, al poder entrar a un centro comercial y salir abarrotados de bolsas con sólo invertir un par de bolívares no tan fuertes.

Con ese cuento de “todo a 1 $”, de lo baratísimo de la comida, los taxis, hoteles, electrodomésticos y bla, bla bla. Hasta el que poco tiene, hace el esfuerzo por ir y comprobarlo con sus propios ojitos.

Es así, como poco a poco la ciudad del canal se ha convertido en el paraíso y el gran centro comercial del venezolano. Hasta los panameños se atreven afirmar que su economía se ha visto beneficiada, desde que nosotros escogimos dicho destino para ir a derrochar los dolaritos que nos permiten gastar anualmente.

Ante ese panorama, quién puede imaginar que detrás de esos grandes centros comerciales, edificios de lujos, construcciones por do quier. Detrás de toda esa cara bonita, hay una ciudad que sufre el olvido que reflejan las paredes desteñidas, basura acumulada y edificios pequeños que acogen numerosas familias.

Detrás de una economía dolarisada y las ganancias que deja el canal, hay una Panama que reclama mejores condiciones de vida, que se siente inconforme ante las políticas empleadas por “El loco” como apodan a Martineli, presidente de dicha nación.

Que de paso es dueño de una de las cadenas de alimentos más grandes, y la que menos ofertas ofrece al pueblo que por vía del voto lo colocó en la presidencia.

Personas que trabajan a 1,80 $ la hora para poder llegar a los 300$ de salario mínimo mensual. Ante esa gente es que se queja el venezolano, ante esa gente es que nos horrorizamos y hablamos peste de la inflación, el gobierno, la corrupción, el mal estado de nuestras calles, lo poco de los cupos, lo costosa que es la vida, la escases de alimentos y pare de contar.

Y son ellos quienes envidian al venezolano, que se da el lujo de comprar un pasaje de avión, volar dos horas e ir tan lejos sólo para hacer shopping. Te lo dicen clarito “por lo menos ustedes viajan”, porque aunque no lo creamos “el panameño no tiene de donde sacar la plata para hacerlo”.

En esos intercambio de ideas, recibimos (ya que estaba con unos familiares) un tremendo jalón de orejas sin derecho a pataleo. Porque aquel señor taxista nos bajo a la tierra, nos abrió los ojos y dijo su gran frase “es que el venezolano no quiere a su país”.

Vaya que duele escuchar eso, pero nos quedamos callados porque es la cruda verdad. No lo queremos, por eso vivimos comprándonos con todo el mundo, envidiando lo que otros tienen, añorando lo que no somos.

Así es como el nuevo “ta barato dame dos” se convirtió en el lugar donde aprendí que quejarse no es la solución de nuestro males. Que está en nuestras manos tener el país que queremos, el cual debemos construir cada día con amor y sintiéndonos orgullosos de ser venezolanos.

Acerca de Marly

Licenciada en comunicación social mención audiovisual, Master en diseño y especialista en Marketing Digital
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